Las últimas horas juntos

El día siguiente fue, de nuevo, distinto. Desde el primer día que nos habíamos visto en Castellón, J no había tenido un día libre, ése sería el primero.

Al despertar, y después de mis rituales de cada mañana, volví a la cama a tumbarme a su lado y respirar y empaparme de cada segundo que nos quedaba por estar juntos.

ÉL no tardó en despertarse también y esta vez me sorprendió lo animado que estaba para lo que normalmente le cuesta despertarse. Bromeaba conmigo y constaté que la confianza que me tenía en tan poco tiempo era sorprendentemente grande. No exagero si digo que los momentos que pasamos en aquella cama de aquel hotel fueron mágicos. Mágicos por la conexión, por la insondable sed el uno del otro, por las risas, las confesiones, los abrazos... El resto del mundo no existía y, lo mejor, era algo compartido por dos personas que en un momento se encuentran y de repente se sienten girar en un carrusel unido por sus manos donde ellos dos son el núcleo y todo lo demás está bien... por fuerza ha de estarlo.

Sí, hicimos el amor, y lo hicimos apasionadamente, subiendo un punto en la escala de la confianza que se tiene en toda relación sobre todo al principio. Lo hicimos sin la melancolía del saber que era nuestro último día juntos. Probablemente porque en ese momento a ninguno de los dos se nos pasaba por la cabeza que pudiera serlo.

Después de remolonear en la cama entre risas y cosquillas, cuando nuestras tripas ya rugían encolerizadas, nos vestimos y salimos a comer. Fuimos a Málaga y comimos en un sitio de patatas asadas porque ¡yo no podía irme de allí sin probarlas! ÉL, como casi siempre, con cara de niño, inseguro hasta la médula de qué escoger. Finalmente se decidió por la de palitos de mar, pero cuando yo pedí la mía con pollo, no pudo evitarlo y le pidió a la chica que nos atendía que añadiera en su patata también pollo y otros ingredientes del mío.

- Tú ¿qué?, "culo veo, culo quiero", ¿no? - le dijo la chica.

Me moría de la risa. No se le podía definir mejor y no sabía yo en ese momento cuántas veces iba a repetirle esa misma frase en el futuro.

La patata estaba deliciosa, pero con el hambre que traíamos, probablemente nos lo habría parecido igualmente aunque no lo hubiese estado. Después paseamos cerca del puerto de Málaga y pasamos parte de la tarde hasta que llegó el momento de volver al hotel a hacer la maleta. Mi vuelo salía a medianoche.

Empecé a rellenar la maleta como quien rebusca en las rebajas, amontonando todo porque quería perder los mínimos minutos porsibles de los que me quedaban de estar con ÉL en esa trivialidad. Cuando no iba ni por la mitad, J me abrazó por detrás y me besó en la nuca. "Lo he pasado increíblemente bien", me susurró al oído. Me giré y nos besamos. Me cogió y me recostó en la cama y volvimos a hacer el amor.

Le sentí alterado, tal vez un poco desesperado, más agitado, más intenso... y me encantó. Para mi sorpresa, apenas unos minutos después de acabar, me pidió más. Le miré y sentí que podría entregarme a ÉL por completo tantas veces como ambos deseáramos y me deslicé bajo las sábanas.

Le oí disfrutar con mucha intensidad, creo que J estaba claramente saboreando cada instante, consciente de que esos días de dicha habían llegado a su fin y yo me sentía feliz, entregada y completa.

Al rato, tras estar yo protestando por tenerme que levantar a hacer la maleta, finalmente encontré fuerza moral para hacerlo y, mientras yo seguía amontonando cosas, ÉL se sentó en el sillón mirándome. Esta vez casi me dejó terminar antes de decirme: "Ven, por favor".

Su expresión era seria, grave, intensa su mirada. "Quiero más de ti" me dijo. Y le complací y me complació y el mundo debería haberse detenido justo en ese momento... pero no lo hizo.

Después volvió a sentarse en ese sillón y me llevó con ÉL. Me arrodillé en la alfombra y apoyé mis brazos sobre sus rodillas desnudas, la barbilla en mis manos. Nos miramos y no dijimos nada. Tal vez no sabíamos qué se puede decir en ese momento en el que has compartido tanto. Hasta que rompió el silencio y con la misma voz grave y seria y mirándome con intensidad con esos ojos tan increíbles me dijo: "¿Qué pasaría si llegaras tarde al avión?". "Pues que lo perdería", le contesté. "Y ¿qué pasaría si no te fueras? Quédate aquí conmigo", dijo ÉL.

Le besé y bromeé porque no lo tomé en serio y así corté el ambiente de gravedad en el que nos encontrábamos. Jamás sabré qué habría pasado si me hubiese quedado, si le hubiese dicho que sí...

Mientras terminaba de meter los últimos trastos en la maleta, le conté la historia de una amiga mía que salía con un chico alemán, la cual siempre que se iba de Alemania rociaba con su perfume la almohada de éste para que le recordara en sueños. Y, bromeando, con el bote de perfume en la mano, rocié la almohada del hotel en el que ÉL iba a dormir esa noche también.

Bajamos la maleta al coche y nos encaminamos hacia el aeropuerto. Pusimos una y otra vez "El Problema" y, mientras J conducía y Arjona cantaba "cómo encontrarle una pestaña a lo que nunca tuvo ojos", ÉL sonriendo con una mano en mi cara acariciaba con su pulgar mi mejilla.

Al llegar al aeropuerto, me dejó en la puerta y se fue a aparcar. Me acerqué al mostrador de facturación de mi vuelo y resultó que me estaban esperando y me recibieron con vítores. Yo no daba crédito pero resultó que éramos la friolera de 5 personas los que esa noche íbamos a viajar de Málaga a Alicante y sólo faltaba yo por facturar.

J llegó en seguida y nos sentamos a esperar la hora de embarque de mi vuelo. Como ya era tarde (más de las diez de la noche), decidimos comprar algo para comer. ÉL no quería nada en principio pero a mí aún me esperaba una larga noche por delante de viaje, así que entre la variada carta del puesto de bocadillos del aeropuerto, elegí uno de queso.

Empecé a masticarlo y estaba malísimo, seco y con exceso de pan y me quejé. J lo cogió y le dio un par de bocados. "Pues a mí me parece que está riquísimo", me dijo muy en serio. Nos miramos a los ojos y estallamos en risas porque realmente a ÉL le parecía riquísimo compartir aquel horrible bocadillo conmigo allí, pero el bocadillo estaba malísimo. Hasta el día de hoy (aunque cada vez más esporádicamente, claro), todavía nos reímos de aquel insulso y reseco bocadillo de queso. Bromas que probablemente sólo tengan gracia entre los que comparten el momento.

Me tenía cogida de la mano y me acariciaba la cara. Yo apoyaba la cabeza en su hombro sentados los dos en ese banco del aeropuerto de Málaga mientras por el rabillo del ojo veíamos el minutero gigante del reloj avanzar. Nos besamos y al separarnos y mirarnos de frente, me dijo: "Tienes un color de ojos rarísimo... son como de color mercurio". Más risas que estallan, qué ocurrencias las suyas.

Y llegó el momento. Qué duro, qué nudo en el estómago, qué tristeza. Me dijo sonriendo que no le gustaban las despedidas, que por favor lo hiciéramos rápido o no me dejaría marchar. Nos besamos largo, nos abrazamos y me fui. Me giré para verle allí de pie y ÉL me saludó. Le lancé un beso y le perdí de vista.

El avión despegó y cogió altura, pero no llegó más alto ni más lejos de donde mi corazón estaba. En mi cabeza rememoraba momentos y me reía yo sola en aquel avión casi vacío. Me alejaba de Málaga, de J, pero sintiendo que algo nuevo había nacido en mí. Un vínculo, una unión.

Al aterrizar en Alicante le llamé como habíamos acordado. ÉL estaba tumbado en la (nuestra) cama y me reprochaba agriamente que le hubiese echado perfume. Me dijo que me estaba odiando, que las despedidas ya eran bastante duras como para que encima mi olor le persiguiese. Yo me reía tumbada en un banco del aeropuerto de Alicante. Hablamos durante un par de horas, recordando cosas, momentos y sensaciones. Hasta que se quedó dormido. Le llamé por su nombre y no me contestaba, colgué y le volví a llamar y nada. Me reí de imaginarle rendido en esa habitación.

No sabía en ese momento que aquella había sido la última vez que había hablado con ÉL en muchos días.

A eso de las cinco de la mañana cogí un taxi que me llevara a la estación, donde cogería un tren para llegar a Castellón. Recuerdo que tenía frío en aquella estación de tren descubierta. Estaba destemplada por la falta de sueño y tiritaba sentada junto a mi maleta. Pero sonreía aún e imaginaba todo lo que iba a reprocharle en broma a J al día siguiente por no haberme acompañado en la espera. No sabía que, después de cuatro meses hablando cada noche, al día siguiente no tendría ocasión de hacerlo.

Finalmente pude subir al tren y me quedé dormida hasta casi llegar a Castellón. Cuando por fin llegué a mi casa, me puse el pijama y me metí en la cama. Le envié un mensaje diciéndole que ya estaba sana y salva en casa y que lo había pasado genial con ÉL. Me quedé dormida esperando su respuesta.

Su respuesta nunca llegó.

22 comentarios:

Eva 7 de agosto de 2010, 21:56  

No voy a opinar hasta saber por qué no hubo respuesta....

Lorena 7 de agosto de 2010, 21:59  

Jajaja Eva! Pues igual no opinas nunca... porque no sé si yo misma lo sé!
Besos!

Zruspa_JB 7 de agosto de 2010, 23:45  

No hubo respuesta por miedo, a mi modo de ver, por no saber afrontar ciertas dificultades... o sí saberlo pero no verse capacitado para escalar esa montaña

Son las cosas que pasan cuando alguien te deja un ancla en el corazón...

La historia es preciosa, pero ese tono triste, como a historia inacabada, como con esperanza de poder ponerle un punto final adecuado y completo hace que esperes más

Lore... cada día tu vida se parece más a la mía jajajaja... no seremos clones?

Un beso y ya sabes dónde estoy para lo que necesites, hablar, que te escuchen, un abrazo... lo que sea

Anónimo 8 de agosto de 2010, 1:43  

Ahora se, que no soy el unico.

Eva 8 de agosto de 2010, 9:40  

Anda como yo, que me dijo que no estaba preparado para decirme porqué me dejaba, que cuando estuviera preparado me lo diría, han pasado diez años y aún estoy esperando ^_^

Lorena 8 de agosto de 2010, 9:53  

Hola Zruspa! La historia está inacabada porque cada día se escribe un capitulo nuevo, porque él y yo estamos condenados (al menos por ahora) a mantener un contacto casi diario. Sólo que el "final adecuado" ya no es el mismo que deseaba antes. Besos!

Lorena 8 de agosto de 2010, 9:57  

Hola Anónimo!
¿El único en qué?
Besos!

Lorena 8 de agosto de 2010, 9:58  

Jajaja Eva! Tengo la fuerte sospecha de que tal vez ya nunca te lo diga... no sé, me lo huelo... :P
Besos!

Alice 8 de agosto de 2010, 21:26  

Me he llevado una sorpresa al ver que habías escrito un nuevo capítulo... pensaba que ya no volverías a escribir aquí! Yo tampoco quiero opinar sin saber qué pasó después y qué excusa te dio, aunque me lo imagino.

En fin, esperaremos la continuación!

Un beso!

Macoca 9 de agosto de 2010, 1:13  

Me gustará saber más de tu historia, Lore. Lo bueno es saber q estás avanzando en el proceso.

Un abrazo.

Angie 9 de agosto de 2010, 11:50  

espero que no nos dejes asi jeje yo hace poco que he terminado una historia parecida y me da la impresion que voy a aprender un par de cosas que me hacen falta

gracias lore

Anónimo 15 de agosto de 2010, 11:52  

ME ENCANTA Q SIGAS CON LA HISTORIA, PERO NO CREES QUE LE SENTARA MAL A EL?

Lorena 15 de agosto de 2010, 12:03  

Hola Alice! Pues... a ver qué opinas porque no sé si alguna vez lo sabremos!
Besos!

Lorena 15 de agosto de 2010, 12:03  

Hola Macoca! Sí, ha costado mucho, pero estoy en ello!
Besos!

Lorena 15 de agosto de 2010, 12:04  

Hola Angie! Pues no sé yo si debo servir de ejemplo porqueeee..... :(
Besos!

Lorena 15 de agosto de 2010, 12:06  

Hola Anónimo! Tu forma de construir la frase me ha recordado a cómo lo haría él! No, no creo que le sepa mal, no creo ni que le importe y si así fuera... tendría que aceptarlo, fue él el que decidió salir de mi vida.
Besos!

Aliena 16 de agosto de 2010, 16:43  

:(((( pero por qué hay tantos hombres que de repente desaparecen o entran en silencio absoluto, cambian totalmente de actitud y no son capaces de hablar y explicar claramente qué cojones les pasa????

Irene Aguilar 3 de septiembre de 2010, 14:35  

Por qué :'( por qué tiene que acabar así....no me gusta! Esta es la historia de mi futuro...sí, ese chico de Toledo con el que hablo todas las noches y al que voy a ver a finales de este mes por primera vez. Y será mágico, será único....pero desgraciadamente tengo el presentimiento de que el final no será feliz! Como todos los capítulos de mi vida! Ojalá siempre hubiera un ''felices para siempre''

La gata 5 de septiembre de 2010, 15:25  

Vaya... la última frase es demoledora!
Me parece, como ya he leído en algún comentario, que lo que le pasó es que le entró el pánico escénico. Que había estado contigo genial, que esos días fueron de película... pero no sé si se sentía preparado para dar el paso y empezar ua relación a distancia, con todo lo que ello conlleva.
(Y me da también que la tal M, todavía dará que hablar... (y que fastidiar).

Besos

Lorena 5 de septiembre de 2010, 22:26  

Ayyy Aliena... si yo supiera eso... si supiera eso... ¡me moriría feliz! ;)
Besos!

Lorena 5 de septiembre de 2010, 22:27  

Hola Irene Aguilar! No pienses así, mujer. En el peor de los casos te llevarás un recuerdo imborrable como el que tengo yo. En el mejor de los casos... ainss... quién sabe! :)
Besos!

Lorena 5 de septiembre de 2010, 22:28  

Hola La gata! No sabremos nunca qué pasaba por su linda cabecita...
Besos!

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