El silencio

Empezaron a pasar los días y sentía que ÉL me evitaba. No era paranoia, después de cuatro meses hablando a diario, llevaba dos días en los que apenas me había enviado un par de mensajes y éstos eran para confirmarme que no podríamos hablar esa noche.

Le llamaba y no me cogía el teléfono. En la oficina era imposible pillarle. Al final me cansé de sus esquivas respuestas y decidí que había que afrontar la realidad. No podía ser casualidad que justo después de habernos visto por primera vez, de haber estado juntos, me estuviera evitando.

Le envié un mensaje en el que le pedí que me dijera porqué me estaba evitando. Me contestó y me dijo que el padre de un gran amigo suyo había fallecido el día anterior en un accidente de tráfico. Que lamentaba estar ausente, que tenía que estar con su amigo en estos momentos tan duros pero que me llamaría al día siguiente.

Me relajé un poco, aunque por dentro seguía sintiendo ese "run-run" de cuando tu instinto te dice que algo no va bien. Le contesté sin embargo que lo entendía, que esperaría su llamada.

Qué horrible es la incertidumbre. Por un lado, quieres creer, quieres confiar y, sobre todo, necesitas convencerte a ti misma de que no te lo has imaginado todo, de que no ha sido un sueño, una ilusión creada por ti, que lo que has vivido, sentido y compartido ha sido real.

Al día siguiente no me llamó. Ni tampoco lo hizo al otro. Aquello no tenía justificación. Yo entendía que su amigo le necesitara, pero no podía creer que no tuviera ni cinco minutos para llamarme, que no quisiera hablar conmigo después de todo lo que habíamos compartido.

Le volví a escribir y le dije que necesitaba hablar con ÉL. Me contestó reprochándome que no comprendiera que estaba con su amigo. Fue duro en su mensaje y me hizo sentir mal, por un momento me hizo sentir egoísta por no comprender el dolor de su amigo.

Pero esa sensación no duró demasiado y me di cuenta de que podía intentar creerme lo que me decía o podía simplemente enfrentarme a la realidad y aceptar que ÉL no quería saber de mí, que por muy mal que estuviera su amigo (cosa que yo no dudaba), podía mostrarse más accesible, podía hablar conmigo cinco minutos para contarme cómo iban las cosas, compartir conmigo como había compartido cada noche de los cuatro meses anteriores. No, no podía ser casualidad que esto estuviese pasando justo después de habernos visto por primera vez.

Nunca he sido una persona cobarde, más bien al contrario, prefiero mil veces enfrentarme a algo, por doloroso que sea, antes que salir huyendo o intentar evitarlo. Así que tramé mi enfrentamiento.

El día que hacía una semana que había vuelto de Málaga me desperté muy temprano. Sabía que ÉL abría la oficina y estaría solo. Llamé al teléfono fijo de la oficina y ÉL, no sabiendo que era yo, contestó. Era la primera vez que hablábamos desde que se quedó dormido mientras yo estaba en el aeropuerto de Alicante.

"Hola"- le dije yo. Sentí cómo enmudecía. Me armé de valor y serena e incluso dulcemente, le dije que necesitaba hablar con ÉL, que yo creía que habíamos estado muy bien juntos, pero que si no había sido así, si yo estaba equivocada y a ÉL no le había gustado, que por favor me lo dijera, que no me tuviera esperando una llamada que tal vez nunca se produciría.

Jamás habría esperado su respuesta, la recuerdo como si fuera ayer. Fue la respuesta que en gran medida condicionaría todo lo que estaba por venir.

Con un tono levemente angustiado me dijo:

- Lore, he estado contigo como no he estado con ninguna chica en mi vida, más a gusto de lo que he estado con nadie y he disfrutado como no lo había hecho antes. Siento que contigo podría ser feliz el resto de mi vida.

Me quedé muda. Aquello no me lo esperaba e incluso esa aseveración fue un poco demasiado para mí, para el nivel en el que yo me encontraba.

Apenas pude balbucear alguna palabra y ÉL se apresuró a decirme que llegaban clientes y tenía que dejarme. Me sonó a mentira. Me lo sigue sonando ahora. Pero yo me había quedado tan estupefacta que necesitaba digerir aquello y colgamos.

No volví a saber nada más de ÉL en los siete días siguientes.

Las últimas horas juntos

El día siguiente fue, de nuevo, distinto. Desde el primer día que nos habíamos visto en Castellón, J no había tenido un día libre, ése sería el primero.

Al despertar, y después de mis rituales de cada mañana, volví a la cama a tumbarme a su lado y respirar y empaparme de cada segundo que nos quedaba por estar juntos.

ÉL no tardó en despertarse también y esta vez me sorprendió lo animado que estaba para lo que normalmente le cuesta despertarse. Bromeaba conmigo y constaté que la confianza que me tenía en tan poco tiempo era sorprendentemente grande. No exagero si digo que los momentos que pasamos en aquella cama de aquel hotel fueron mágicos. Mágicos por la conexión, por la insondable sed el uno del otro, por las risas, las confesiones, los abrazos... El resto del mundo no existía y, lo mejor, era algo compartido por dos personas que en un momento se encuentran y de repente se sienten girar en un carrusel unido por sus manos donde ellos dos son el núcleo y todo lo demás está bien... por fuerza ha de estarlo.

Sí, hicimos el amor, y lo hicimos apasionadamente, subiendo un punto en la escala de la confianza que se tiene en toda relación sobre todo al principio. Lo hicimos sin la melancolía del saber que era nuestro último día juntos. Probablemente porque en ese momento a ninguno de los dos se nos pasaba por la cabeza que pudiera serlo.

Después de remolonear en la cama entre risas y cosquillas, cuando nuestras tripas ya rugían encolerizadas, nos vestimos y salimos a comer. Fuimos a Málaga y comimos en un sitio de patatas asadas porque ¡yo no podía irme de allí sin probarlas! ÉL, como casi siempre, con cara de niño, inseguro hasta la médula de qué escoger. Finalmente se decidió por la de palitos de mar, pero cuando yo pedí la mía con pollo, no pudo evitarlo y le pidió a la chica que nos atendía que añadiera en su patata también pollo y otros ingredientes del mío.

- Tú ¿qué?, "culo veo, culo quiero", ¿no? - le dijo la chica.

Me moría de la risa. No se le podía definir mejor y no sabía yo en ese momento cuántas veces iba a repetirle esa misma frase en el futuro.

La patata estaba deliciosa, pero con el hambre que traíamos, probablemente nos lo habría parecido igualmente aunque no lo hubiese estado. Después paseamos cerca del puerto de Málaga y pasamos parte de la tarde hasta que llegó el momento de volver al hotel a hacer la maleta. Mi vuelo salía a medianoche.

Empecé a rellenar la maleta como quien rebusca en las rebajas, amontonando todo porque quería perder los mínimos minutos porsibles de los que me quedaban de estar con ÉL en esa trivialidad. Cuando no iba ni por la mitad, J me abrazó por detrás y me besó en la nuca. "Lo he pasado increíblemente bien", me susurró al oído. Me giré y nos besamos. Me cogió y me recostó en la cama y volvimos a hacer el amor.

Le sentí alterado, tal vez un poco desesperado, más agitado, más intenso... y me encantó. Para mi sorpresa, apenas unos minutos después de acabar, me pidió más. Le miré y sentí que podría entregarme a ÉL por completo tantas veces como ambos deseáramos y me deslicé bajo las sábanas.

Le oí disfrutar con mucha intensidad, creo que J estaba claramente saboreando cada instante, consciente de que esos días de dicha habían llegado a su fin y yo me sentía feliz, entregada y completa.

Al rato, tras estar yo protestando por tenerme que levantar a hacer la maleta, finalmente encontré fuerza moral para hacerlo y, mientras yo seguía amontonando cosas, ÉL se sentó en el sillón mirándome. Esta vez casi me dejó terminar antes de decirme: "Ven, por favor".

Su expresión era seria, grave, intensa su mirada. "Quiero más de ti" me dijo. Y le complací y me complació y el mundo debería haberse detenido justo en ese momento... pero no lo hizo.

Después volvió a sentarse en ese sillón y me llevó con ÉL. Me arrodillé en la alfombra y apoyé mis brazos sobre sus rodillas desnudas, la barbilla en mis manos. Nos miramos y no dijimos nada. Tal vez no sabíamos qué se puede decir en ese momento en el que has compartido tanto. Hasta que rompió el silencio y con la misma voz grave y seria y mirándome con intensidad con esos ojos tan increíbles me dijo: "¿Qué pasaría si llegaras tarde al avión?". "Pues que lo perdería", le contesté. "Y ¿qué pasaría si no te fueras? Quédate aquí conmigo", dijo ÉL.

Le besé y bromeé porque no lo tomé en serio y así corté el ambiente de gravedad en el que nos encontrábamos. Jamás sabré qué habría pasado si me hubiese quedado, si le hubiese dicho que sí...

Mientras terminaba de meter los últimos trastos en la maleta, le conté la historia de una amiga mía que salía con un chico alemán, la cual siempre que se iba de Alemania rociaba con su perfume la almohada de éste para que le recordara en sueños. Y, bromeando, con el bote de perfume en la mano, rocié la almohada del hotel en el que ÉL iba a dormir esa noche también.

Bajamos la maleta al coche y nos encaminamos hacia el aeropuerto. Pusimos una y otra vez "El Problema" y, mientras J conducía y Arjona cantaba "cómo encontrarle una pestaña a lo que nunca tuvo ojos", ÉL sonriendo con una mano en mi cara acariciaba con su pulgar mi mejilla.

Al llegar al aeropuerto, me dejó en la puerta y se fue a aparcar. Me acerqué al mostrador de facturación de mi vuelo y resultó que me estaban esperando y me recibieron con vítores. Yo no daba crédito pero resultó que éramos la friolera de 5 personas los que esa noche íbamos a viajar de Málaga a Alicante y sólo faltaba yo por facturar.

J llegó en seguida y nos sentamos a esperar la hora de embarque de mi vuelo. Como ya era tarde (más de las diez de la noche), decidimos comprar algo para comer. ÉL no quería nada en principio pero a mí aún me esperaba una larga noche por delante de viaje, así que entre la variada carta del puesto de bocadillos del aeropuerto, elegí uno de queso.

Empecé a masticarlo y estaba malísimo, seco y con exceso de pan y me quejé. J lo cogió y le dio un par de bocados. "Pues a mí me parece que está riquísimo", me dijo muy en serio. Nos miramos a los ojos y estallamos en risas porque realmente a ÉL le parecía riquísimo compartir aquel horrible bocadillo conmigo allí, pero el bocadillo estaba malísimo. Hasta el día de hoy (aunque cada vez más esporádicamente, claro), todavía nos reímos de aquel insulso y reseco bocadillo de queso. Bromas que probablemente sólo tengan gracia entre los que comparten el momento.

Me tenía cogida de la mano y me acariciaba la cara. Yo apoyaba la cabeza en su hombro sentados los dos en ese banco del aeropuerto de Málaga mientras por el rabillo del ojo veíamos el minutero gigante del reloj avanzar. Nos besamos y al separarnos y mirarnos de frente, me dijo: "Tienes un color de ojos rarísimo... son como de color mercurio". Más risas que estallan, qué ocurrencias las suyas.

Y llegó el momento. Qué duro, qué nudo en el estómago, qué tristeza. Me dijo sonriendo que no le gustaban las despedidas, que por favor lo hiciéramos rápido o no me dejaría marchar. Nos besamos largo, nos abrazamos y me fui. Me giré para verle allí de pie y ÉL me saludó. Le lancé un beso y le perdí de vista.

El avión despegó y cogió altura, pero no llegó más alto ni más lejos de donde mi corazón estaba. En mi cabeza rememoraba momentos y me reía yo sola en aquel avión casi vacío. Me alejaba de Málaga, de J, pero sintiendo que algo nuevo había nacido en mí. Un vínculo, una unión.

Al aterrizar en Alicante le llamé como habíamos acordado. ÉL estaba tumbado en la (nuestra) cama y me reprochaba agriamente que le hubiese echado perfume. Me dijo que me estaba odiando, que las despedidas ya eran bastante duras como para que encima mi olor le persiguiese. Yo me reía tumbada en un banco del aeropuerto de Alicante. Hablamos durante un par de horas, recordando cosas, momentos y sensaciones. Hasta que se quedó dormido. Le llamé por su nombre y no me contestaba, colgué y le volví a llamar y nada. Me reí de imaginarle rendido en esa habitación.

No sabía en ese momento que aquella había sido la última vez que había hablado con ÉL en muchos días.

A eso de las cinco de la mañana cogí un taxi que me llevara a la estación, donde cogería un tren para llegar a Castellón. Recuerdo que tenía frío en aquella estación de tren descubierta. Estaba destemplada por la falta de sueño y tiritaba sentada junto a mi maleta. Pero sonreía aún e imaginaba todo lo que iba a reprocharle en broma a J al día siguiente por no haberme acompañado en la espera. No sabía que, después de cuatro meses hablando cada noche, al día siguiente no tendría ocasión de hacerlo.

Finalmente pude subir al tren y me quedé dormida hasta casi llegar a Castellón. Cuando por fin llegué a mi casa, me puse el pijama y me metí en la cama. Le envié un mensaje diciéndole que ya estaba sana y salva en casa y que lo había pasado genial con ÉL. Me quedé dormida esperando su respuesta.

Su respuesta nunca llegó.

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